
Visto así, después de leer este libro insólito, el mapa de Bogotá parece un cerebro que sueña. En todos los puntos de aquel laberinto habitado —comparen a la ciudad con lo que quieran: un cuerpo afiebrado, una máquina encendida, un cielo de noche— ocurre algún relato protagonizado por un niño. Elijan un sitio. Cualquier sitio. Y sean testigos, entonces, de una biografía que comienza: una pequeña xilofonista le da un concierto privado a su hermano menor; una gimnasta de once años da una voltereta en las barras paralelas del coliseo de su barrio; un hijo espera la madrugada entera, sin fortuna ni consuelo, el improbable regreso de su madre. Se irán a dormir más tarde, agotados los tres por la experiencia, preparados para deshacerse de lo visto, fascinados con la idea de lo que verán. Soñarán. Y olvidarán lo soñado al día siguiente. A no ser que aparezcan, venidos de ninguna parte, los misteriosos autores de esta compilación de voces que se encuentra a punto de empezar. Desde que tenemos uso de razón, nos han pedido que no hablemos con extraños, nos han hecho pensar que los desconocidos son los monstruos de nuestras pesadillas. Así que, de haber sido alguno de los niños entrevistados para este volumen, lo más probable es que yo hubiera tratado de huir, despavorido, durante la única pregunta formulada por aquel convencido equipo de interrogadores. Pensémoslo. Una comisión de importantes figuras de mi barrio me convence de quedarme. Y observada atentamente por mis padres, acompañada por un fotógrafo que retrata el futuro de la gente, Melba Escobar me pregunta “¿Cuál es tu sueño?” a mí, a la persona que era yo a los cinco años (tristemente parecida a la que soy mientras cierro este paréntesis), y entonces recibe una respuesta tajante, inesperada, acaso digna de la antología que tenemos en las manos: le digo que de noche sueño que salvo a mis papás de los ladrones contratados por Cruela de Vil en 101 dálmatas; y que de día hago lo posible para que mis juegos sean tan ordenados como las películas que veo; quiero vivir de lo que juego (que a alguien le interese verme jugar: ésa es mi meta), pero si tuviera que elegir un deseo, uno entre todos los deseos de esa mañana, elegiría que las vacaciones no se acabaran nunca. Bogotá se parece a la ciudad que era.
Quizás cuando yo tenía cinco años nadie pensaba hacia dónde iba, ningún edificio me tapaba la vista de la calle en donde vivo y menos personas pedían dinero en los semáforos; pero, a pesar de todo –de las bombas que podían estallar en cualquier vitrina, de la pobreza o la riqueza, o las evidencias de que el mundo es el lugar del miedo– los niños daban las mismas señales de vida que con tan buen criterio reúne este libro: frases que revelan una curiosa felicidad “porque sí” (“quiero que un árbol tenga una puerta para yo entrar”), imágenes extraordinarias que difícilmente se le ocurrirían a un experto en la materia (“me gusta leer libros cuando llueve”), contundentes sentencias de película de vaqueros (“las niñas sólo se interesan por ellas mismas”), sospechas que entrañan una lógica incuestionable (“quiero ser reina porque haría hasta plata”), verdades, casi versos, que nos contienen a todos, que nos hablan a todos (“cuando yo sea grande quiero que mis papás no se mueran”) desde esa perspicacia que tiene origen en la vulnerabilidad.
Soñar, o caer en aquella “película que miras cuando estás durmiendo”, ha sido siempre una forma de digerir la realidad que nos tragamos a la fuerza. Nos quedamos sin voz, con los ojos cerrados, en el sitio en donde dormimos cada noche. Y pronto, igual que los niños de Bogotá sueña, nos vemos acosados por murciélagos, perseguidos por bolas gigantes, atrapados en juegos de video, perdidos en la última película que vimos, observados por hermanos gemelos que nunca habíamos visto, visitados por personas que murieron cuando aún no contábamos con la muerte. Lo que significa, creo, que a la hora de soñar da lo mismo ser niño o ser adulto. O mejor: que quien sueña, tenga la edad que tenga, es un niño extraviado en el territorio en donde se resuelven las preguntas que no sabíamos que nos estábamos haciendo. Soñar, o querer ser alguien o ver algo o vivir una experiencia ajena, ha sido siempre nuestra mejor manera de distraer el misterio indescifrable que cargamos. En la noche, gracias a los delirios, a las pesadillas, dejamos atrás la demasiada información de cada jornada. Y al otro día, igual que los niños de Bogotá sueña, queremos ser arquitectos o pintadoras o americanos como los de la televisión, aspiramos a salir de la casa sin que nos pase nada, deseamos que todo sea gratis pues no tiene mucho sentido que las cosas tengan precio. Lo que quiere decir, me parece, que oír a los niños es una forma inteligente de oírnos a nosotros mismos. O también: que quien desea algo, así no espere ser un superhéroe cuando viejo, ha aceptado las reglas del juego, ha reconocido que quien vive tiene en mente el día siguiente y quien sabe vivir lo deja todo para mañana. ¿Para qué soñar? ¿Qué sentido tiene hacerlo? En la página 141 de este texto emocionante, cuando hemos entendido bien que no leemos sino armamos un rompecabezas, Isabel García nos dice que bota sus sueños al otro día de soñarlos. Queremos decirle ahí, en su fotografía, que todos los demás hacen lo mismo.
Que de eso se trata. Que si no fuera porque ella sueña en dos sentidos, porque de noche fantasea con los ojos cerrados y de día espera algo de la vida, Bogotá sería un laberinto sin salidas —volvamos a las comparaciones de antes: un cuerpo sin defensas, una máquina oxidada, un cielo sin luces— a un paso de aceptar su derrota. En fin. Lo que para algunos es una obviedad, para otros es un gran descubrimiento: para mí la idea de que una ciudad vive porque sueña, escondida en este documental cargado de fotografías extraordinarias, ha sido toda una revelación de esas que hacen que todo encaje de nuevo. La frase “usted está aquí”, que suele ubicarnos en los planos de cualquier ciudad, nos vendrá a la mente de página en página hasta el final. Los testimonios (que gracias a Dios no tratan de vendernos la idea de que los niños son tontos graciosos) nos llevarán a pensar que para recobrar semejante lucidez tendremos que llegar al otro extremo de la vida. Y les enseñarán a los niños de un barrio que se puede ser feliz en algún otro, que, aunque en algunas localidades no sea fácil conseguir los juguetes de moda o tener las comodidades del primer mundo, en cualquier punto del mapa puede uno estar feliz si está con la gente que quiere. Esto, lo que ocurre en el libro que empieza, es lo mejor que puede pasarnos si nos atrevemos a hablar con personas extrañas. Que, al final del diálogo, dejen de serlo. Que así, a fuerza de conocernos, nadie nos tape la vista de la calle en que vivimos. Y nuestra voz les sirva a los demás para darle sentido a lo que pasa.